Salida de campo - Marchar para entender

Valeria Zambrano

7 de marzo de 2026

Salida de campo 

Marchar para entender

Parte 1. Pensamientos previos

Cuando Cobos nos dijo que debíamos hacer una etnografía, debo admitir que estuve un muy buen tiempo pensando en qué hacer para este trabajo. ¿Un bar de strippers? Me parecía muy repetitivo con respecto a compañeros de semestres pasados. ¿Una fundación? No me sacaba realmente de mi zona de confort. Escogí realizar este estudio para mi etnografía debido a que nunca había ido a una marcha, mucho menos a una marcha feminista. No sabía en lo absoluto en qué fenómeno me estaba adentrando ni con qué realidades me iba a encontrar al asistir a este evento. Esta experiencia sí me sacaba de mi zona de confort, una zona bastante adentrada en el privilegio, en no ir regularmente más allá de la calle 85 en Bogotá y en transitar sola por las calles de esta ciudad muy de vez en cuando.

Es por eso que te invito a leer esta salida de campo con mente abierta. Permítete incomodarte, permítete salir de tu burbuja, permítete salir de tu privilegio y sobre todo, permítete sentir todo aquello que este relato te transmita.

En primer lugar, es necesario entender teóricamente el significado de este concepto. El feminismo es  "La creencia de que todas las personas, independientemente de su género, deben tener los mismos derechos y oportunidades" (ONU Mujeres, 2024). De acuerdo con Ayuda en Acción (2021), existen distintos tipos de feminismo, aunque no hay un número cerrado, existen corrientes más o menos reconocidas: liberal, radical, socialista, ecofeminismo, interseccional, poscolonial, comunitario y lo que llaman cuarta ola. 

Antes de comenzar con esta investigación, yo solo conocía sobre este movimiento por encima y superficialmente, yo solo había escuchado un par de cosas al respecto. Por eso, mi hipótesis inicial era que el feminismo era un movimiento relativamente homogéneo, conformado principalmente por mujeres radicales que rechazaban la presencia masculina y cuya forma de protesta se limitaba a consignas pacíficas en las calles. Esperaba encontrar un grupo uniforme, predecible y distante de mi propia realidad. Sin embargo, no sabía cómo era estar dentro de este, ni cómo las mujeres de diferentes contextos vivían el feminismo. Yo había tenido experiencias y escuchado ideas alrededor de este movimiento, pero nunca me había adentrado como lo hice en esta investigación. Antes de realizar este ejercicio, no tenía conocimiento sobre muchos testimonios y experiencias que escuché de mujeres en este espacio y me inspiraron en gran medida. Como muchas personas, pensaba que la mayoría de mujeres feministas iban a un extremo y eran un poco excluyentes, pero estos eran solo estereotipos falsos. 

¿Qué tan distinta sería la realidad de lo que yo imaginaba? ¿Qué significa realmente el feminismo para quienes lo viven desde adentro? ¿Podía una sola marcha desmontar años de ideas construidas desde afuera? ¿Estaba realmente dispuesta a dejar ir todo lo que creía saber para ver con ojos nuevos?

Debo admitir que antes de ir hacia la marcha, le dije a mis papás conservadores que iba a una feria de ropa con Vale (mi mejor amiga y tocaya en la cual ellos confían plenamente). Sabía que mi papá no iba a dejarme ir, pues además de ser estricto, es el hater #1 del feminismo y de los movimientos revolucionarios. En cuanto a mi mamá, no estaba segura de la postura que ella hubiera tomado, sin embargo, no quería arriesgarme a averiguarlo, así que le mentí también (todo sea por Investigación Social). Mejor prevenir que lamentar, ¿no?

Parte 2. Llegada al concejo

Llegué con mi mejor amiga, la mejor compañía que pude haber tenido adentrándome en esta experiencia. A eso de la 1 de la tarde ya estábamos en el concejo, no había mucha gente, pues llegamos muy puntuales a la hora de encuentro. Vimos varios vendedores, tanto hombres como mujeres, que estaban vendiendo pañoletas verdes y moradas con distintos patrones y estampados que iban acorde a la marcha. Algunas a 10,000 y otras a 20,000 pesos colombianos. 

Preguntamos a un grupo de 5 chicas vestidas con prendas verdes y moradas (como era costumbre usar en la marcha) si sabían en qué punto exacto comenzaba la caminata. Nosotras, siendo nuestra primera vez en una marcha del 8M, no teníamos ni idea de en dónde empezaría ni de qué debíamos hacer. Las chicas nos dijeron que tampoco sabían el punto de partida, ya que no había llegado mucha gente todavía en ese momento. Nos sentamos en una banca, y pasó una vendedora de helados, yo compré uno de arequipe, luego pasó una chica vendiendo velas temáticas del 8M de cera de soya, también compré una. Desde este momento comencé a contagiarme de una sensación de comunidad.

Creímos que no iban a haber tantas asistentes, pues investigando nos dimos cuenta de que la marcha principal era el 15 de marzo, y a esa no podríamos ir por compromisos familiares. Esto debido a que el 8 de marzo (el día que se realiza la marcha todos los años por costumbre) fueron las elecciones del congreso de la república. La otra marcha más pequeña fue el 7 de marzo, elegimos ir este día ya que teníamos la disponibilidad exacta.

Parte 3. Relatos y lágrimas

Mi mejor amiga y yo íbamos vestidas de morado principalmente, con pañoletas verdes y moradas, pues estábamos comprometidas a marchar correctamente. Cuando comenzaron a llegar más personas, las líderes del colectivo que convocó la marcha, comenzaron a pedirles a todas las mujeres en ese lugar que nos reuniéramos todas juntas, para comenzar con las actividades, como se puede ver en la figura 1

Figura 1

Lideres de la Marcha Convocando a Todas las Mujeres

Nota. Imagen de archivo. Esta figura muestra a una de las lideres de la marcha hablando por el megáfono para reunir a todas las mujeres allí presentes en un gran circulo en la plaza frente al concejo de Bogotá. 

En primer lugar, comenzaron a darnos una pequeña introducción sobre el motivo de la marcha, las actividades que se iban a realizar y la hora de inicio de la movilización. Comenzaron a convocar mujeres que quisieran hablar por el megáfono y contar sus historias o experiencias que las motivaron a estar en ese momento y en ese lugar marchando, como se puede ver en la figura 2

Figura 2

Mujeres Contando sus Historias

Nota. Imagen de archivo. Esta figura muestra a una de las mujeres participantes de la marcha, contando a través del megáfono una historia sobre las razones por las que marchaba.

Adicional a esta convocatoria, mencionaron que los hombres no eran bienvenidos en este lugar.

"Por favor respeten este espacio que es para nosotras" 

Decían las moderadoras a través del megáfono. Esta premisa me dejó un poco en shock y confundida, ya que no pensé que fueran así de directas al decir eso, ni que lo fueran a decir de esa manera. Al parecer tenía la idea errónea de que aquellos hombres que apoyaban la causa podían acompañar a las mujeres a su alrededor. Además, yo inicialmente pensé en ir acompañada de mi novio (menos mal no lo hice), así que este fue un momento clave en el que pude reflexionar sobre estas creencias que tenía y que gracias a esta investigación participativa, estaban siendo desmanteladas una a una. Debo admitir que fue un momento un poco incomodo, tanto para mí como para todos allí presentes. En ese momento me pregunté ¿Es este espacio excluyente cuando se supone que no debería serlo? ¿Puede un espacio ser excluyente y justo al mismo tiempo? ¿Quién tiene el derecho de definir los límites de una lucha que no es la suya?

Pero al escribir esta etnografía me cuestiono igualmente ¿Desde cuándo había asumido yo que este movimiento me debía una explicación? ¿Por qué me incomodaba más la exclusión que las razones que la habían generado? ¿Es posible apoyar una causa sin pretender habitarla completamente?

Y es que hay algo profundamente revelador en ese instante de incomodidad. Ese pequeño shock que sentí no era más que el choque entre mis preconcepciones y una realidad que existía mucho antes de que yo llegara a comprenderla. Había asumido, con la ingenuidad de quien observa desde afuera, que la inclusión significaba apertura total, que el apoyo se demostraba con presencia física, que acompañar era simplemente estar. Pero ese espacio me enseñó algo que ningún libro podría haberme dado de la misma manera: hay luchas que necesitan ser habitadas desde adentro, sin testigos, sin intermediarios, sin la mirada (aunque bien intencionada) del otro. La petición de las moderadoras no era una exclusión, era una afirmación. Un recordatorio de que ciertos dolores, ciertas memorias y ciertas voces solo encuentran su forma verdadera cuando no tienen que explicarse, justificarse, ni suavizarse ante nadie. Comprendí, entonces, que mi incomodidad inicial no era una señal de que algo estaba mal en ese espacio, sino de que algo estaba comenzando a moverse en mí.

Por ejemplo, mi novio, aunque no estuviera allí presente conmigo, estaba acompañándome desde la lejanía. Con el simple hecho de haberme preguntado "¿Cómo vas, amor?" y de haber estado pendiente de mí, ya me estaba brindando el mejor apoyo.

Después de este incómodo pero revelador momento, varias mujeres comenzaron a contar historias un poco perturbadoras, impresionantes, que me sorprendieron, y a la vez me apachurraron el corazón. La mayoría me dejaron nuevamente en un estado de shock.

“Me da rabia que se nos vea como objetos y que realmente pedir dignidad sea mucho para esta sociedad de mierda que hay. Quiero que nos vean como los seres humanos inteligentes que somos y que tener vulva no sea una condena. Entonces, apoyo 100% este movimiento y es algo que realmente es muy valioso para todas las personas y mujeres que estamos acá. Básicamente quiero que el mundo deje de vernos como un objeto sexual y que pase a vernos como lo que realmente somos”

“Existe una violencia médica y científica. No existen investigaciones para enfermedades especificas para nosotras. No se tienen curas ni tratamientos decentes, porque ¿Cómo así que me mandan unas pastillas que tienen un pergamino de contraindicaciones que ni siquiera deberían ser legales? No se financian las suficientes investigaciones, ¿Cómo es que un médico me puede decir que mi dolor es normal? Antes también era normal morirse por una infección y se inventaron los antibióticos. No me pueden venir a decir que un dolor incapacitante es normal. No me pueden venir a decir que tener que interrumpir mi vida por tres o cuatro días al mes es normal. Necesito que de verdad abracemos la histeria, abracemos esa rabia, porque hace cien años era impensable que siquiera pudiéramos votar. Entonces que abracemos ese concepto de ser unas exageradas, de ser unas histéricas, de estar jodiendo, pero que nos solucionen”

“Hace dos años era legal casar niñas, tristemente, pero ahora que está en furor el caso de los Epstein, creo que deberíamos poner toda la vergüenza en los pedófilos que están en cada una de nuestras familias y es la razón por la cual ese proyecto de ley se cayó nueve veces. Nueve veces tuvimos que pelear eso en el congreso, para que fuera ilegal. Y obviamente a los machitos de mierda que abalan pedofilia, pederastia, y compran mujeres, este no es el espacio para ellos, este es el espacio de rabia para nosotras y ellos nunca han entendido las cosas sino hasta que nos hemos parado a reivindicar que nuestros cuerpos no son mercancía, que sus deseos no son derechos, y que nuestros derechos van por encima de sus deseos de mierda

Vengo a hablar por las que no tienen voz, porque por ellas nadie habla, pero yo si voy a hablar por ellas, y quiero que todas las tengamos en cuenta porque ellas también lo necesitan y tenemos que ser solidarias con ellas también. Ni nosotras somos presas, ni ellas tampoco, ni somos presas ni opresoras, sin carne, sin amos”

A los seis años fui violada en gimnasia. Fue algo que pasó recurrentemente con varias personas y algo que es muy constante no solo en este deporte sino en todos los deportes, y que nunca se hace nada al respecto. La denuncia fue hace dos años con la fiscalía, no hicieron un culo, nunca hacen nada. Entonces ayuden, viralicen y cuenten las cosas”

“Tengo diecinueve años. A mis nueve años, un inquilino de mi abuela llegó a mi casa y empezó a manosearme, esto duró por unos meses. A esta persona se le hizo una denuncia ante la fiscalía, hasta que cumplí dieciocho años se le hizo la condena, para que a esta persona en este momento le digan que tiene cáncer y que esa condena no se puede hacer básicamente porque se va a morir. Además, yo tuve a mi padrastro desde los dos años, él fue la persona que me vio crecer. Al momento de saber de esta denuncia, falsamente me acompañó en el proceso, sin embargo, me fue abusando por un año, cuando yo tenía diez años. Esta denuncia se la hice a mi mamá, ella por miedo dijo que callara, que no dijera nada porque qué iba a pensar la gente de él. Cualquier persona puede ser nuestro agresor, hasta nuestro hermano, nuestro papá, quien sea puede ser nuestro agresor. No callemos, tengamos en cuenta que lamentablemente nos toca estar alertas para todo, y hasta el día de hoy la fiscalía no sirve pa' un culo, no hace ni mierda ”

Mi primo abusó de mi cuando tenía 6 y él 7. Me tocaba cuando mi familia estaba presente y siempre tuvo contacto físico por dos años. Nunca le dije nada hasta hace poco que fui capaz. Al día de hoy no soy capaz de verlo a la cara”

“Mi padrastro asesinó a mi madre y casi abusa de mí. También vengo a denunciar a Robinson Castellanos, quien mató a mis tías y a mis primas. En nombre de Olga Lucia Leal, Amparo leal, Andrea Leal y Mercedes Leal, mientras yo siga viva, ellas no se van a apagar nunca”

Estos solo son algunos de los discursos dados por estas valientes. Pero tengan por seguro que si tuviera más tiempo y más espacio, colocaría el resto de miles de discursos que grabé en las notas de voz de mi celular.

Cada palabra que salía por ese megáfono era un mundo entero que alguien había cargado en silencio durante años. Y yo estaba ahí, sin poder hacer nada más que escuchar. Pero quizás escuchar de verdad, sin interrumpir, sin minimizar, sin apartar la mirada, era exactamente lo que se necesitaba.

Lo que más me sacudió no fue solo el contenido de cada historia, sino la valentía de contarla en voz alta frente a decenas de desconocidas en medio de una calle. Había niñas traicionadas por quienes debían protegerlas. Había mujeres que habían tocado todas las puertas institucionales y las habían encontrado cerradas. Y la fiscalía, el sistema médico, el congreso, la familia, todos habían fallado. Una y otra vez, con una consistencia que ya no podía llamarse casualidad.

Mientras estas mujeres estaban contando sus historias, aquellas que estábamos escuchándolas teníamos expresiones de tristeza, asombro e impresión. Muchas de las mujeres a mi lado, al frente y a mi alrededor, se encontraban llorando. De vez en cuando las que estaban escuchando le decían a las que estaban hablando: "no estás sola", "no fue tu culpa", y otras palabras conmovedoras de apoyo.

Esas tres palabras, no estás sola, me parecieron las más poderosas que el lenguaje humano puede ofrecer. Porque el abuso funciona precisamente sobre el aislamiento, sobre la convicción de que nadie va a creer ni a acompañar. Y ese coro de voces que respondía y sostenía era una forma de desmantelar esa mentira colectivamente.

¿Cuántas de estas historias existen guardadas todavía en cuerpos que no han encontrado su espacio para soltarlas? ¿Qué dice de nosotros como sociedad el hecho de que una marcha en la calle sea, para tantas mujeres, el único lugar donde se sienten escuchadas?

Muchas de las mujeres que pasaban a hablar, pasaban acompañadas por amigas, hermanas, madres, primas, compañeras, etc. Este primer momento me dio a entender que las amigas y las mujeres que están a nuestro alrededor son el mejor apoyo que podemos tener, ya sea un abrazo, unas manos que sostengan tu espalda o unas palabras de motivación que te ayuden a seguir con tu camino de vida.

Porque en ese círculo de voces rotas y manos entrelazadas entendí que la sororidad no es un concepto abstracto que se discute en salones académicos ni un hashtag que se comparte en redes sociales, es una mujer sosteniéndole la espalda a otra mientras su voz tiembla frente a un megáfono. Es el "no estás sola" dicho en el momento exacto en que alguien está a punto de creer que sí lo está. Hay algo que ocurre cuando una mujer habla su verdad en voz alta y otras mujeres la reciben sin juzgarla, sin minimizarla, sin cambiar de tema, ocurre una especie de sanación colectiva, silenciosa y poderosa, que ninguna terapia individual podría replicar de la misma manera. Yo, que había llegado a ese lugar con la distancia analítica de quien investiga, me encontré de repente siendo parte de algo mucho más grande que mi propia observación. Las lágrimas ajenas me recordaron que detrás de cada estadística, de cada titular, de cada dato que había leído previamente, había una historia real, un cuerpo real, una mujer real que había cargado sola durante demasiado tiempo algo que nunca debió cargar. Y comprender eso, no con la mente sino con algo mucho más profundo, lo cambió todo.

Ver a tantas mujeres llorando, destruidas y con dolor, tocó muchas fibras en mí. Fue como estar viendo llorar a mi hermana, a mi mamá, a mi prima, a mi abuela y a mi amiga. No había empezado la caminata y ya estaba empezando a cuestionarme millones de ideas y a sentir millones de emociones a la vez.

Parte 4. Que arda y que hayan muchos carteles

Luego de esto, comenzaron a hacer una quema simbólica, como se observa en la figura 3, de cartas que todas estábamos escribiendo. En estas cartas estaban escritas aquellas situaciones que queríamos quemar, que queríamos que se fueran volando como cenizas, aquello de lo que estábamos cansadas de vivir al ser mujeres. 

Figura 3

Quema de Cartas Simbólica

Nota. Imagen de archivo. Esta figura muestra a las mujeres que estaban arrojando sus cartas en la caja quemándose, con el fin de dejar ir y sanar las heridas y el daño que otros les han causado y que las impulsaban a estar en esta marcha.

Nos pasaron unos cuadrados de hojas blancas.

¿Quieren escribir algo?” 

Nos dijeron. Nosotras respondimos que sí, al ser mujeres teníamos mucho por decir estando allí contagiadas por esa rabia y esa impotencia. 

Mientras cada mujer se paraba de su puesto a arrojar ese papel en el fuego, muchas otras seguían contando historias llenas de tristeza, historias que me inspiraron a escribir lo que escribí. 

“Por cada día feliz que me fue arruinado por culpa del acoso callejero” fue lo que yo escribí en mi papel.

Luego de arrojar mi papel al fuego, lo único que yo pude hacer, debido al montón de emociones que sentía en ese momento, fue escuchar lo que estaban contando las otras y ver a mi alrededor. Seguía viendo a muchas mujeres llorando desconsoladamente, fue una escena impactante. 

Comenzó la marcha. Habían muchas personeras de la alcaldía de Bogotá y policías de transporte acompañándonos y velando por nuestra seguridad. Esto fue algo que me sorprendió, ya que siempre pensé que estas marchas no eran apoyadas o acompañadas públicamente. Estas funcionarias fueron muy amables, comprometidas y verdaderamente tenían preocupación por nuestro bienestar y porque se nos respetara a nosotras y a nuestros ideales. Fue un contraste que no esperaba: afuera, un sistema que tantas veces había fallado a las mujeres cuyos testimonios acababa de escuchar, adentro, unas funcionarias que, al menos en ese momento y en ese lugar, estaban cumpliendo con protegernos. Pequeño gesto, quizás, pero no insignificante. ¿Cómo puede una marcha cambiar, aunque sea por unas horas, la relación entre las mujeres y las instituciones que se supone deben cuidarlas?

Comenzamos yendo por la calle 26, sentía nervios pero al mismo tiempo curiosidad por saber cómo iba a ser esta experiencia completamente nueva para mí. Mujeres empoderadas, con rabia, tristeza, impotencia y emoción. Mujeres acompañadas de sus amigas, hermanas, hijas, tías, primas, mamás. abuelas... Mujeres apuntando hacia el cielo esos carteles (ver las Figuras 4, 5, 6 y 7) que más que un mensaje, tienen un grito contenido que por fin rompe el silencio. Entre el aroma a sahumerio y el eco de las consignas, entendí que no solo caminaba por una avenida, caminaba por la historia de las que ya no están y por la esperanza de las que vienen. En sus ojos vi mi propio reflejo, y en su fuerza, encontré el valor que no sabía que tenía. Ya no era una extraña observando, era parte de una misma alma latiendo en libertad.

Figura 4

Cartel Menos Machitos, Más Michitos

Nota. Imagen de archivo. Esta figura muestra un cartel haciendo referencia a que en el mundo deberían existir más gatos que "machitos", es decir, hombres con masculinidad frágil, violentos y misóginos.


Figura 5

Cartel tus Chistes Machistas son Parte del Problema

Nota. Imagen de archivo. Esta figura muestra un cartel que habla sobre cómo los chistes machistas son parte del problema de la violencia de género, la misoginia y la violencia sexual.


Figura 6

Cartel Mi Falda No es Corta, Tu Educación Sí

Nota. Imagen de archivo. Esta figura muestra un cartel que hace referencia a que una mujer utilizando una falda corta no es una razón para acosarla ni abusar de ella, por el contrario, si esto ocurre es una muestra de la poca educación que tiene la persona que comete este acto.


Figura 7

Cartel En Memoria De Todas Las Niñas a Las Que No Les Creyeron

Nota. Imagen de archivo. Esta figura muestra a una mujer con unas alas y un cartel que hace referencia a las niñas que han sido abusadas o acosadas sexualmente y no les creen cuando hablan sobre ello por el hecho de ser "solo niñas".

Parte 5. Verga violadora, a la licuadora

Caminamos unos minutos y después de un rato, todas paramos en la calle 26 con carrera 27. Aquí realizaron un circulo (ver figura 8) entre todas con un gran espacio en el centro y comenzaron todas a cantar al unísono “Les molesta el trancón pero no la violación” luego de que, mientras estuviéramos allí detenidas, varios carros designaran un gran esfuerzo a pitarnos por haber detenido el tráfico.

Figura 8

Circulo de Mujeres en la Calle 26

Nota. Imagen de archivo. Esta figura muestra a las mujeres participantes de la marcha reunidas en un circulo. 

Otra de las canciones que cantaban era "El que no salte es macho" 

Mientras estábamos detenidas y en el centro de aquel círculo, colocaron una llanta, regaron gasolina sobre ella (ver Figuras 9 y 10) y posteriormente la encendieron en fuego. 

Figura 9

Llanta y Gasolina

Nota. Imagen de archivo. Esta figura muestra a una mujer regando gasolina sobre una llanta en el medio del circulo de mujeres en la calle 26.

Figura 10

Llanta en Llamas

Nota. Imagen de archivo. Esta figura muestra la llanta que encendieron en llamas en el medio del circulo de mujeres en la calle 26.

Comenzaron varias de las mujeres a moverse en círculo alrededor de la llanta en llamas, una detrás de la otra, mientras cantaban:

"En el bosque de la China, la chinita se perdió. Como yo andaba perdida, nos encontramos las dos.

Era noche de luna y yo me senté a charlar, con la chinita perdida bajo el cielo junto al mar.

La chinita me dijo: "Qué suerte encontrarte aquí, porque ahora entre las dos, no tenemos que huir".

Yo le dije que no, que no quería andar sola, que el bosque es de nosotras y de nadie más ahora.

Y así, juntas de la mano, por el bosque caminamos, libres, dueñas de nuestro destino... ¡Que nadie vio!"



https://youtube.com/shorts/nd7qJBl_Mdg?feature=share

También habían algunas mujeres utilizando patines, y ellas también se encontraban rodando y saltando alrededor de la llanta (ver Figuras 11 y 12). En ese momento, tuve una sensación de inspiración al ver a tantas mujeres luchando por lo que creen, por su dignidad, por sus derechos, y al mismo tiempo disfrutando, divirtiéndose y compartiendo con las demás.

Figura 11

Mujer 1 Patinando sobre Llanta Encendida en Fuego

Nota. Imagen de archivo. Esta figura muestra a una de las mujeres utilizando patines y saltando sobre la llanta encendida en fuego alrededor del circulo de mujeres.


Figura 12

Mujer 2 Patinando sobre Llanta Encendida en Fuego

Nota. Imagen de archivo. Esta figura muestra a una de las mujeres utilizando patines y saltando sobre la llanta encendida en fuego alrededor del circulo de mujeres.

Siguiente a esto, continuamos caminando. Mientras tanto, todas cantaban canciones como:

"Verga violadora, a la licuadora"

"Hay que abortar, hay que abortar, hay que abortar a este sistema patriarcal"

"Y la culpa no era mía ni donde estaba ni cómo vestía"

"Saquen sus rosarios de nuestros ovarios"

"¡Alerta, alerta, alerta que camina, la lucha feminista por América Latina! ¡Y tiemblen, y tiemblen, y tiemblen los machistas, que América Latina será toda feminista!"

"Señor, señora, no sea indiferente, se mata a las mujeres en la cara de la gente"

Parte 6. Entender desde la incomodidad 

Pasado un rato volvimos a detenernos todas, de repente vi a mi lado derecho cómo unas mujeres encapuchadas rompían un vidrio en un paradero de bus. Este momento fue otro de los más impresionantes para mí, esta situación iba en contra de mis principios, no estaba de acuerdo con estas acciones que estaban tomando algunas de las mujeres allí presentes. Sentí nervios, impresión y estuve atónita por un momento. Además, con mi mejor amiga habíamos pactado que en cuanto hubiera peligro o algún tipo de violencia, nos iríamos, pues no queríamos poner en riesgo nuestro bienestar y nuestra seguridad. A pesar de mi desacuerdo, entendí que esta era una forma de ser escuchadas, ya que por años han estado tratando de serlo, pero no lo han logrado en gran medida como ellas quisieran. Antes de ir a una marcha feminista, entre mis ideas estaba que no "hacían daños", que solo pintaban las calles pacíficamente, sin embargo me di cuenta de que no era así.  Entendí también que no podía seguir juzgando las formas de resistencia de quienes han agotado todas las demás.

Y esa comprensión llegó de golpe, igual que el sonido del vidrio al quebrarse. Porque hay una diferencia enorme entre no compartir una acción y no entender de dónde viene. Yo había llegado a esa marcha con una imagen cuidadosamente construida desde la comodidad de quien nunca ha tenido que gritar tan fuerte para ser escuchada, de quien nunca ha golpeado una pared con los puños porque las palabras ya no le alcanzan. Mi incomodidad en ese momento era real, y era válida, pero también era, en cierta medida, un privilegio, el de quien puede permitirse preferir la calma porque la calma nunca le ha costado demasiado. Esas mujeres encapuchadas no eran el caos. Eran, a su manera, la consecuencia lógica de un silencio que se ha ignorado durante demasiadas décadas. El vidrio roto no apareció de la nada, fue precedido por años de denuncias archivadas, de marchas pacíficas ignoradas, de voces apagadas una y otra vez con indiferencia institucional. No me correspondía a mí, desde mi lugar de observadora reciente, dictar cuál era la forma correcta de un dolor que yo apenas estaba comenzando a rozar con las yemas de los dedos. Y fue precisamente en ese momento de tensión, de nervios y de aturdimiento, donde mi investigación dejó de ser académica para volverse, irremediablemente, humana.

Las mujeres encapuchadas eran las únicas que estaban pintando y rompiendo infraestructuras en las calles, por lo cual el resto de mujeres, en forma de escudo y respaldo cantaba al unísono "Amiga, capucha, gracias por tu lucha". Este canto era una forma de apoyo hacia aquellas mujeres valientes y arriesgadas que rompen, queman y rayan con el fin de que su voz y las de muchas otras sean escuchadas. Era una forma de decirles "Aquí estamos sosteniéndote, gracias por luchar por todas, gracias por exteriorizar y tangibilizar el daño que durante años el sistema nos ha hecho". En ese coro colectivo encontré una de las imágenes más poderosas que guardo de ese día.

Había algo profundamente político y profundamente humano ocurriendo al mismo tiempo en ese instante: unas mujeres arriesgando su cuerpo y su libertad, y otras sosteniéndolas apartadas con la única arma que tenían en ese momento, la voz. No era un canto inocente, era un pacto. Era un movimiento que se dividía en roles sin haberlo ensayado, como si cada una supiera instintivamente cuál era su lugar en esa cadena de resistencia. Yo, que segundos antes había sentido el impulso de irme, me encontré paralizada por algo que no era miedo sino asombro. Porque ese "gracias por tu lucha" no era solo gratitud, era reconocimiento, era complicidad, era una forma de decir "Nosotras sabemos lo que estás haciendo y por qué lo estás haciendo, y aunque no todas podamos o queramos estar donde tú estás, ninguna de nosotras te va a abandonar". En ese momento entendí que el movimiento feminista no es monolítico ni uniforme, y que precisamente esa es su fortaleza. No todas marchan igual, no todas gritan igual, no todas luchan igual, pero todas, de una forma u otra, se sostienen. Y yo, que había llegado con mis ideas prolijas y mis juicios bien ordenados, estaba siendo testigo de algo que no se aprende en ningún libro: la solidaridad en acción, cruda, imperfecta y absolutamente real.

Esta solidaridad también se vio marcada en el momento en el que, detenidas en otro punto de la ciudad, una mujer pidió a todas a su alrededor que la taparan con carteles, sombrillas, chaquetas y sus cuerpos. En ese instante me pregunté ¿Por qué quiere que la tapemos? en respuesta a esto, nos dimos cuenta de que ella estaba vestida comúnmente, pero quería "encapucharse" entonces necesitaba la ayuda de las demás para no ser "descubierta" de cierto modo. Debía encapucharse para proteger su identidad. 

En ese momento, unos hombres que estaban pasando por esa calle, comenzaron a insultarnos y a gritarnos diciéndonos frases despectivas y groseras: "¡Feminazis!", "¡Váyanse a lavar los platos!", "¡Zorras!", "¡Chúpenme esta!". Este fue otro momento en el que no supe qué hacer, pues estaba llena de impresión por lo crueles que podían llegar a ser las personas y por la lluvia de insultos que me acababa de caer. En ese instante, todo lo que había presenciado durante la marcha cobró un sentido distinto, más urgente, más doloroso. Porque no hacía falta buscar ejemplos lejanos ni estadísticas frías para entender por qué esas mujeres marchaban, por qué algunas gritaban hasta quedarse sin voz y por qué otras rompían vidrios con las manos temblorosas de rabia. La respuesta estaba ahí, encarnada en esos hombres que pasaban de largo lanzando palabras como piedras, con una naturalidad que era, quizás, lo más aterrador de todo. 

No era odio excepcional. Era odio cotidiano, el de siempre, el que se disfraza de broma, el que se justifica con un "es que exageran". Y yo, parada en medio de esa calle, sentí en carne propia, por un brevísimo instante, algo de lo que muchas de esas mujeres cargan todos los días, la sensación de existir en un mundo que todavía siente que tiene derecho a callarte. Este fue un momento demasiado aterrador para mi, me di cuenta de que no estoy para nada acostumbrada a enfrentarme al mundo real y a su crueldad. En este momento más que en ningún otro, confirmé el privilegio tan enorme en el que yo me encuentro día a día.

En defensa de los insultos de estos hombres, muchas de las mujeres gritaban de vuelta "Váyanse" "Respeten este espacio" "Somos sus hijas y sus hermanas", mientras que las funcionarias públicas que nos acompañaban, intentaban sacar y alejar a estos hombres de ese espacio. Estaban atentando contra nosotras.

Pasado este impresionante momento, seguimos con nuestro camino. Volvimos a detenernos y algunas de las mujeres comenzaron a pintar y a pegar pequeños panfletos sobre el cemento de las calles de Bogotá. Como se ve en la figura 13, los panfletos decían "Cuando el feminismo les da votos, lo aplauden; cuando incomoda, lo silencian". Mientras tanto, otras mujeres cantaban "Pinta pinta pinta pinta. Pinta pinta pinta pinta". 

Figura 13

Panfletos de Feminismo Silenciado Cuando Incomoda

Nota. Imagen de archivo. Esta figura muestra uno de los panfletos que estaban pegando por las calles.

Cuando continuamos nuevamente a caminar, comenzó a llover, afortunadamente llevábamos sombrillas. Nosotras dos compartimos mi sombrilla, pero habían varias chicas empapándose, por lo cual, mi mejor amiga le prestó su sombrilla a una de ellas. Este momento fue la vivencia en carne propia del "No estás sola" y el "Estamos aquí para apoyarte" que tanto repitieron al inicio de la marcha. Fue el reflejo de la solidaridad que se experimenta dentro de este movimiento. 

Otro aspecto que debo mencionar es que algunas mujeres llevaban a sus perros, este acto me causaba desacuerdo total, sin embargo, evité juzgar y mantener mi rol profesional de investigadora.

Momentos después, llegamos a una estación de transmilenio y las "Encapuchadas" comenzaron a pintar y golpear con martillos la infraestructura de la estación (aunque en esta ocasión no hicieron ningún daño mayor, solo era ruido). Nuevamente, un hombre que se encontraba al interior de esta, nos comenzó a insultar, y otro que estaba pasando gritó "Marimachas". Aunque no escuché lo que el primer hombre dijo, fue igualmente una situación más en la que me sentí impactada y sorprendida, fue por esto que yo no reaccioné, pero las otras mujeres sí. Era lógico que todas allí se defendieran ante los insultos de aquellos hombres, al igual que era inevitable que las funcionarias presentes intentaran calmar la situación y alejarnos de esa estación para evitar problemas. En ese momento agradecí que esos hombres estuvieran dentro y que existiera una barrera física entre ellos y nosotras, quién sabe de qué hubieran sido capaces de hacer al dejarse llevar por el odio.

Unas calles recorridas después volvimos a detenernos, y como era de esperarse, los carros allí atrapados pitaban como si su vida dependiera de ello. Un conductor de Sitp en especial, se encontraba molesto y pitando sin parar, por lo cual una encapuchada lo comenzó a graffitear. También, los trabajadores de locales a nuestro alrededor se encontraban con miedo y cerraban sus puertas, como si fuéramos una manada de osos... 

A pesar del evidente rechazo de las personas ante esta marcha, nos cruzamos con dos mujeres (que no hacían parte de la marcha) durante el camino, las cuales nos aplaudían, hacían corazones con sus manos y nos brindaban una cálida sonrisa. Esas sonrisas y esos gestos se sentían como un abrazo y unas palabras motivadoras, fueron de esos momentos en donde me contagié de amor y de alegría, y creo que eso fue lo que me calmó un poco ante los nervios, la incomodidad y el miedo que sentí en muchos de los momentos durante esta experiencia. Y fue precisamente en esos gestos pequeños y espontáneos donde entendí que la empatía no siempre necesita palabras ni pancartas. A veces basta con no cerrar la puerta, con aplaudir desde la acera, con sostener la mirada y sonreír. En medio de tanto rechazo, esas dos mujeres eligieron, y esa elección lo decía todo. ¿Cuánto poder tiene un gesto simple cuando llega en el momento en que más se necesita?

Parte 7. Puteros muertos

Tras continuar la ruta, nos detuvimos una última vez en la carrera 7 con calle 24. Las mujeres encapuchadas iniciaron golpeando la reja de un local cerrado en específico, pero esta vez era con mucha más rabia, mucho más dolor y mucha más impotencia. Aparte de golpear la reja de seguridad de este lugar, también tuvieron un intento fallido de romper los candados que mantenían la reja cerrada. A Valentina y a mí nos pareció muy extraño que estuvieran dañando de esa forma intensiva ese local en específico. Comenzamos a preguntarnos en voz alta ¿Pero por qué? ¿Qué tiene este local? ¿Qué está pasando aquí? Razón por la cual una mujer a nuestra derecha nos dijo "Aquí es un cine porno", inmediatamente todo tuvo sentido. Este lugar se llama "Teatro Esmeralda Pussycat", y está en funcionamiento desde hace más de treinta años (ver Figura 14). Antes de ir a la marcha ya sabíamos un poco sobre las razones por las cuales se estaba tan en contra de la venta o promoción de este contenido, sin embargo, nosotras decidimos investigar un poco más a fondo las razones antes de adentrarnos en la marcha. 

Figura 14

Teatro Esmeralda Pussycat con las puertas abiertas

Nota. Imagen tomada de Google Maps. Esta figura muestra el teatro esmeralda Pussycat visto desde afuera en fotografías mostradas en Google Maps al buscar el lugar.

Estas son algunas de las razones que encontramos por las cuales el feminismo odia la pornografía (Feministes de Catalunya, 2021):

- La industria pornográfica está construida sobre una dinámica de poder profundamente desigual, donde la mayoría de productores, directores y consumidores son hombres, y las mujeres son el "producto".

- Condiciones laborales frecuentemente abusivas y sin protección real para las actrices.

- Muchas mujeres entran a la industria desde situaciones de vulnerabilidad económica, lo que cuestiona si el "consentimiento" es realmente libre.

- Normaliza y erotiza la violencia contra las mujeres, la degradación y la sumisión femenina.

- Moldea expectativas sexuales irreales y dañinas.

- Contribuye a la cosificación del cuerpo femenino, reduciéndolo a un objeto de placer masculino.

- Refuerza estereotipos de género muy rígidos y nocivos.

- Influye directamente en las tasas de violencia sexual.

- Crea una cultura que normaliza ver a la mujer como disponible para el placer ajeno.

Nosotras no teníamos conocimiento de la mayoría de estas razones antes, por lo cual nos impactó demasiado al momento de estar adentrándonos en el tema. Ver cómo intentaban destruir ese lugar con tanta impotencia, nos contagió con ese enojo y nos hizo conmover, era como si aquellas mujeres nos transmitieran sus emociones tan fuertes en ese preciso momento. 

Antes de saber el porqué de su empeño en destruir ese local, se me cruzaron varios juicios por la cabeza. Sin embargo, en el segundo en el que nos hicieron saber las razones que habían detrás de ese comportamiento, lo comprendimos todo y no pudimos evitar solo estar ahí, observando, atónitas, sin decir nada. Aquellos pensamientos juzgones, cuestionantes, controversiales y prejuiciosos se convirtieron en emociones compartidas, en dolores que sentimos todas, en empatía y en solidaridad. Lo que antes nos parecía un rechazo exagerado o radical comenzó a tener una lógica que no podíamos ignorar: detrás de cada golpe había una rabia acumulada que nosotras, hasta ese momento, ni siquiera sabíamos que también nos pertenecía. ¿Cuántas otras injusticias estamos normalizando simplemente porque nadie nos ha mostrado aún por qué deberíamos estar furiosas?

Las encapuchadas escribieron encima de la reja del local "8M PUTEROS MUERTOS" (ver Figuras 15 y 16) y comenzaron a hablar entre ellas para hacer algo mucho más grande.

Figura 15

Puteros Muertos

Nota. Imagen de archivo. Esta figura muestra a las encapuchadas pintando con aerosoles de graffiti sobre la reja del local "Teatro Esmeralda Pussycat", en donde se dan funciones de cine porno.

Figura 16

8M Puteros Muertos

Nota. Imagen de archivo. Esta figura muestra a las encapuchadas pintando con aerosoles de graffiti sobre la reja del local "Teatro Esmeralda Pussycat".

Nosotras sentíamos mucha intriga e incertidumbre, ¿Ahora qué va a pasar? ¿Para qué se están preparando ahora? El ambiente se sentía tenso, lleno de angustia y emoción al mismo tiempo. Empezaron derramando un líquido, creo que gasolina, en toda la entrada al local cerrado. Intentaron encender fuego en donde habían derramado el líquido, y pasado un rato, lo lograron (ver Figura 17).

Figura 17

Teatro Esmeralda Pussycat en Llamas 

Nota. Imagen de archivo. Esta figura muestra la reja del local del cine porno "Teatro Esmeralda Pussycat" en llamas.

Mientras todo esto pasaba, muchas personas que estaban transitando esa calle se involucraron y se acercaron a ver qué estaba pasando (como buenos colombianos chismosos). Sin embargo, como era un espacio únicamente por y para mujeres, las funcionarias acompañándonos los intentaban alejar. 

Seguimos caminando por la carrera 7 y, por una razón que desconocemos, mi mejor amiga comenzó a sentirse mal. Inicialmente tenía nauseas, pero pasado un rato tuvo que vomitar en una caneca de basura. Las mujeres que acompañaban la marcha se acercaron a nosotras a preguntarnos si ella estaba bien, y justo en ese momento, pasó lo que yo tanto temía. A nuestro lado pasó el ESMAD (Escuadrón Móvil Antidisturbios) trotando rápido con sus escudos antidisturbios, e inmediatamente yo dije "Ya nos vamos". Me había prometido a mi misma que si comenzaba a ponerse denso el ambiente y la situación, nos iríamos de allí, y así sucedió. De alguna forma, Valentina con sus malestar ya estaba advirtiéndome que nos teníamos que ir de allí. 

Nos pareció extraño que hubiera llegado el ESMAD, pues nos dijeron que en marchas de años anteriores no había llegado. 

Parte 8. Reflexiones finales

En el camino hacia nuestras casas, compartimos nuestras ideas y reflexiones sobre todo lo que habíamos acabado de vivir. Después de todo, puedo concluir que esta experiencia había dejado de ser un ejercicio académico desde el momento en que arrojé ese papel al fuego. Porque hay cosas que no se aprenden leyendo, sino marchando, escuchando, incomodándose, y atreviéndose a cuestionar todo aquello que alguna vez se dio por sentado. Esta salida me enseñó que ser mujer en este mundo ya es, en sí mismo, un acto de rebeldía, y que rebelarse no siempre se ve igual: a veces es un megáfono, a veces es una capucha, a veces es simplemente atreverse a estar presente cuando todo en tu entorno te dice que no vayas. Yo fui, y me alegra profundamente haberlo hecho. Tal vez lo más importante es cómo esta marcha me dio la oportunidad de deconstruir ideas que yo creía sólidas e inamovibles, para construir desde sus escombros una comprensión más honesta, más empática y más humana de lo que significa vivir en un cuerpo de mujer en esta sociedad. Porque que no lo hayas vivido no significa que no exista. Significa, simplemente, que aún no has tenido el valor, la curiosidad, o la suerte de encontrarte con esa realidad de frente. Yo tuve las tres, y ya nada volvió a verse igual.

A lo largo de esta etnografía, la marcha del 8M se reveló como un espacio en el que coexisten simultáneamente múltiples formas de feminismo. Desde el feminismo radical encarnado en las encapuchadas que destruían infraestructura como acto de resistencia simbólica, hasta expresiones más liberales y artísticas de mujeres que marchaban con carteles creativos, canciones y pintura corporal. Lejos de ser un movimiento homogéneo, el feminismo que encontré en las calles de Bogotá se desplegaba en capas, en roles, en lenguajes distintos que, sin embargo, convergían en una misma dirección. Como señala Varela (2019), el feminismo no es una ideología cerrada sino un conjunto dinámico de prácticas y discursos que se transforman según el contexto histórico y social en el que emergen.

En cuanto a los tipos de violencia presentes en los testimonios, es posible clasificarlos en al menos cuatro categorías con alta recurrencia. La violencia sexual en la infancia fue la más frecuente y perturbadora, apareciendo en al menos cinco de los relatos escuchados, todos con el patrón común de un agresor cercano al entorno familiar y una institución que falló en su deber de protección. La violencia institucional fue la segunda más recurrente, materializada en la inacción sistemática de la fiscalía, mencionada explícitamente en múltiples testimonios. La violencia médica emergió como una categoría menos visible pero igualmente presente, denunciada por quienes relataron años de dolor normalizado sin diagnóstico ni tratamiento adecuado. Finalmente, la violencia simbólica y cultural se hizo visible en los insultos recibidos durante la marcha y en la cosificación denunciada por varias participantes. Según Bourdieu (2000), la violencia simbólica opera precisamente porque es invisible para quienes la padecen y para quienes la ejercen, lo que explica la naturalidad con la que los hombres que nos insultaron en la calle lo hicieron.

El momento en que mi incomodidad transformó mi interpretación del movimiento fue claro y localizable: ocurrió cuando las encapuchadas rompieron el primer vidrio. Hasta ese instante, yo observaba desde una distancia analítica razonablemente cómoda. El sonido del vidrio quebrándose fue también el sonido de algo rompiéndose en mí, específicamente, la certeza de que podía comprender este movimiento sin dejar que me tocara. A partir de ahí, mi rol de investigadora y mi rol de mujer comenzaron a fusionarse de manera irreversible, lo cual, lejos de invalidar la investigación, la enriqueció. Como plantea Guber (2011), la investigación etnográfica implica necesariamente el involucramiento del investigador en el campo, y esa implicación es fuente de conocimiento, no de sesgo.

Respecto a los sesgos que tenía inicialmente, algunos se confirmaron parcialmente y otros se desmontaron por completo. Se confirmó que existe una fracción del movimiento que practica formas de protesta que generan rechazo en el público general, incluyendo la destrucción de propiedad. Sin embargo, se desmontó la idea de que ese sector representa a la totalidad del movimiento, y más importante aún, se desmontó la idea de que esa rabia es irracional o injustificada. ¿Por qué siempre se tiende a generalizar a los miembros de un movimiento como el feminista, cuando existen tantos matices dentro de estos? También se desmontó completamente la creencia de que los hombres no son bienvenidos, pues la exclusión del espacio inicial respondía a una necesidad específica de contención emocional y no a una filosofía de odio hacia el género masculino. Finalmente, se desmontó la percepción de que el feminismo era un fenómeno distante de mi propia realidad: los testimonios me hicieron recordar que yo también tenía cosas que quemar.

Esta salida de campo me transformó como investigadora en la medida en que me enseñó que la objetividad absoluta es no solo imposible, sino éticamente cuestionable cuando se investigan realidades marcadas por el dolor humano. Aprendí que la investigación participativa exige honestidad sobre el lugar desde el que uno llega al campo, sobre los privilegios que condicionan la mirada y sobre las emociones que surgen durante el proceso. Aprendí también que el conocimiento más profundo no siempre llega a través de la razón, sino a través de la experiencia.

¿Qué hubiera dejado de ver si hubiera llegado a esa marcha sin la disposición de incomodarme? ¿Cuántas investigaciones sobre el dolor ajeno se han escrito desde una distancia que, en el fondo, es solo otra forma de no querer saber?


Referencias 

Ayuda en Acción. (2021, 24 de febrero). 7 tipos de feminismo: ¿cuáles son?. Ayuda en Acción. https://ayudaenaccion.org/blog/mujer/tipos-feminismo/

Bourdieu, P. (2000). La dominación masculina. Anagrama.

Feministes de Catalunya. (2021, 28 de noviembre). La cultura de la pornografía y la violencia contra las mujeres, por Esther Torrado [Video]. YouTube. https://www.youtube.com/watch?v=hZJAzOTdSa0

Guber, R. (2011). La etnografía: Método, campo y reflexividad. Siglo XXI Editores.

ONU Mujeres. (2024, 18 de junio). ¿Qué es el feminismo?. ONU Mujeres. https://www.unwomen.org/es/articulos/articulo-explicativo/que-es-el-feminismo

Prada Prada, N. (2010). ¿Qué decimos las feministas sobre la pornografía? Los orígenes de un debate. La manzana de la discordia, 5(1), 7-26.

Varela, N. (2019). Feminismo para principiantes. Ediciones B.

Comentarios

  1. Que redacción tan increíble, mucha consciencia y profundidad que deja pensando, hay mucha verdad en sus palabras. Simplemente quedé atónita, que impactante. Que profesionalismo. Simplemente perfecto. Se merece un 60.

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